Hace un tiempo me compré un CD de Sinatra. No fui a la disquería, sino que le mandé un mail a mi pirateador amigo y, a los pocos días, me mandó un hermoso CD con 10 long plays de Sinatra en formato MP3. Sí, yo también lo hago, y no solamente porque mi presupuesto para música se haya achicado considerablemente en estos últimos años: las discográficas son empresas tan mafiosas, que han hecho tantos miles de millones de dólares, que más que una cuestión de dinero lo mío es una auténtica forma de militancia anticapitalista.
El hecho es que entre los diez discos del Gran Frank que poseo ahora, hay uno que está particularmente bueno y se llama
Ring a Ding-Ding
. Según me enteré después, es el primer disco que Sinatra grabó con su propio sello, luego de desvincularse de Capitol Records, con el que había estado grabando durante varios años.
Ring a Ding-Ding
brilla por doquier. Es lo mejor del estilo que Sinatra hizo conocer en el mundo: canciones súper pegadizas, con una orquestación maravillosa y desde luego, con la voz más perfecta que se haya escuchado. En otros discos, Sinatra mezcla en partes iguales su estilo cool con unas cuantas canciones de amor, que desde luego bajan los decibeles. En este no: es para chasquear los dedos de principio a fin y soñar con unos años dorados que no conocimos pero aprendimos a amar.